«La primera noche me dormí sobre la arena, a mil millas de toda tierra habitada. Estaba más aislado que un náufrago en una balsa en medio del océano. Imaginad, pues, mi sorpresa cuando, al amanecer, una vocecita extraña me despertó. Decía: "Por favor… ¡dibújame un cordero!". Miré bien. Y vi a aquel hombrecillo extraordinario que me miraba con gravedad…»