Una capa, una diadema, y el salón se convierte en un bosque. Disfrazarse no es un traje: es un juego.
La caja de los disfraces es el único rincón de la casa que nunca se recoge del todo. Más bien es buena señal: significa que se usa.
Lo que construye el juego simbólico
Ponerse una capa no es imitar, es probar. El niño adopta una voz, inventa reglas, negocia los papeles con los demás. El vocabulario crece, las emociones se ensayan a distancia y la timidez se olvida detrás de un antifaz. Es juego libre en sentido estricto: nadie dice lo que hay que hacer.
El accesorio hace al personaje
Se cree que hace falta el disfraz completo. En realidad basta con una sola pieza bien elegida: una diadema, una varita, un parche de pirata. El niño completa el resto con lo que tiene a mano, y es justamente ese trabajo el que lo entretiene. Un accesorio se pone en tres segundos, se lleva una hora y cabe en un cajón.

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Dos personajes en una sola prenda
La capa reversible tiene la mejor relación juego/armario que conocemos: por un lado, un personaje; por el otro, otro distinto. El niño da la vuelta a la tela y cambia de historia sin cambiar de disfraz. Es también lo que le da una segunda vida cuando el primer héroe ya ha cumplido.

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El disfraz completo, cuando toca
Quedan días en los que hace falta el disfraz de verdad, entero, máscara incluida. Para esos miramos dos cosas: la talla real, porque un disfraz demasiado grande arrastra por el suelo y hace tropezar, y cómo aguanta la tela el lavado, porque se volverá a usar.

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Lo que no pasa de moda
La diadema y la corona atraviesan los años sin discusión, y pasan de mano en mano entre hermanos. Son las piezas que se reencuentran diez años después en el fondo de la caja, todavía ponibles.

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Guardar, reparar, transmitir
Una caja abierta a la altura del niño, en la entrada o junto al rincón de juego, y el disfraz sigue disponible en lugar de dormir encima de un armario. Una costura rehecha con hilo resistente, una goma cambiada, y la capa pasa al siguiente.
Disfrazarse no tiene temporada. Halloween y el carnaval le dan un pretexto; las tardes de lluvia le dan su verdadera utilidad.
Sobre el autor: Este artículo ha sido redactado por el equipo de L'Oiseau de Paradis, juguetería parisina fundada en 1932. Cuatro generaciones al servicio de la infancia y del juego auténtico.
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